Ni si quiera sé si desperté cuando abrí los ojos y vi como la tenue luz del amanecer dibujaba formas en el techo de la habitación mientras mis pies acariciaban las arrugas de las sábanas. Moví mis piernas a un lado esperando chocarlas contra las tuyas con el olor a tabaco aún bailando en mi olfato pero sólo recibí la larga caricia de una cama vacía. Otra vez en los brazos de mi solitario silencio recordé el tacto de tus labios en mi piel y recogí los besos que cayeron en la almohada, al guardarlos en mi mesita de noche descubrí cinco letras escritas en un papel. A, de, i, o, y ese. Acosté de nuevo mi cuerpo intentando buscar el significado cuando mis párpados cayeron en picado y cegaron mis ojos. Soñé que me dormía y que escuchaba tus pasos abandonando la puerta mientras tus labios lanzaban un "adiós" a mis oídos y desperté sobresaltada.
Recorrí las paredes de la estancia con mis ojos y hasta detrás de las cortinas te busqué. Las sábanas hacían un nudo en mis pies, tu ausencia un nudo en mi garganta. La luz aún pintaba sobre el techo mientras yo la veía hacerlo y escuché al bichito de la angustia subir las patas de mi cama, era un ser pequeño y peludo, negro y redondo, con dos ojitos blancos camuflados. Se acercó a mi cara y separó mis labios introduciéndose en mi boca. Lo noté caminar por mi garganta hasta llegar al nudo de mi estómago y no avanzó más. Creo que ambos quedamos dormidos.
Rato más tarde tus dedos pasearon por mi espalda susurrándome ‘buenos días'. Miré al techo y contemplé los dibujos lumínicos ya acabados, después saludé a tus manos, a tu boca, a tu cuello y hombros. Tiré del hilo de mis labios y saqué al bichito negro de mi estómago, dejándolo en la repisa de la ventana. Cantamos juntos una canción de besos y al acabar tomé la sábana e hice un nudo uniendo tu pie al mío, para siempre.
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